En pleno centro de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, en la calle de San Lucas, se encuentra uno de los inmuebles más singulares del mundo: la antigua sede de la Logia Añaza
(Melchor Padilla / Loquepasaentenerife) En pleno centro de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife, en la calle de San Lucas, se encuentra un edificio único en toda España y quizá de los más singulares del mundo. Si nos acercamos a contemplarlo podremos observar una extraña fachada en la que se aprecian elementos decorativos clásicos junto a otros, los más abundantes, de clara inspiración egipcia. Así, veremos tras la verja de hierro cuatro esfinges que parecen custodiar las dos columnas palmiformes, en memoria de las columnas del Templo de Salomón, que se elevan hasta lo alto de la fachada para sostener un frontón que presenta en su interior la imagen de un enorme ojo radiante que parece vigilarlo todo. Es una representación del Gran Arquitecto del Universo. Sobre el dintel de la puerta principal nos recibe la imagen de un disco alado, representación del dios del antiguo Egipto Horus Behedety. Todos estos elementos tienen un marcado carácter simbólico y nos indican que estamos ante la fachada de un templo masónico, que fue sede hasta 1936 de la Logia Añaza.
Las caleras u hornos de cal, exponentes de una de las actividades industriales de más arraigo en las islas, resisten el paso de los años, con mayor o menor fortuna, en muchos municipios
(Melchor Padilla / Loquepasaentenerife) En una antigua imagen coloreada de Santa Cruz que tomó el fotógrafo noruego Carl Norman en 1893 podemos apreciar una vista de la bahía de la ciudad en la que se observan en primer plano unos extraños edificios cónicos que estaban situados en la margen izquierda del barranco de La Alegría. Se trata de uno de los exponentes de una de las actividades industriales de más arraigo en las islas: las caleras u hornos de cal.
Esta industria se inició en la etapa de colonización de las Islas y se mantuvo en constante crecimiento hasta fechas relativamente recientes, en que dejaron de funcionar por la aparición de la industria cementera. Los hornos, que se distribuían por toda la geografía regional, elaboraban cal y yeso, tan importantes para el transcurrir diario del archipiélago. En la construcción, la cal se mezclaba con arena y agua para hacer el mortero y también, disuelta en agua como lechada de cal, se usaba para enjalbegar los muros. Asimismo era fundamental para impermeabilizar charcas y aljibes. En la higiene y la medicina servía como desinfectante en enfermedades contagiosas, para prevenir la putrefacción de aguas estancadas e, incluso, para la prevención de infecciones en los enterramientos.