En 1888 Jack el Destripador mató a cinco prostitutas y mutiló horriblemente sus cuerpos. Los asesinatos en serie ocurrieron en Whitechapel, uno de los barrios más insalubres de Londres habitado por prostitutas, emigrantes sin estrella y menesterosos. Si Jack el Destripador hubiese vivido en Santa Cruz de Tenerife en 1888 habría asesinado a sus víctimas en El Toscal. Como Whitechapel, El Toscal era entonces un barrio de mujeres perdidas, proletarios empleados en el puerto y campesinos sin tierra ansiosos por emigrar a América. Los burgueses con sus zapatos de charol y las damiselas con sus enaguas almidonadas no se atrevían a visitarlo. El ayuntamiento llegó a silenciar ante la opinión pública un brote de cólera ocurrido allí en 1907.

En 2012 Whitechapel es un vibrante barrio multicultural. Acoge a varias de las galerías de arte más influyentes del mundo, se respira un importante activismo político y sus calles sirven de plató para películas. Todo ello sin perder su identidad histórica como barrio de clase trabajadora. Mientras, en 2012, El Toscal continúa siendo el barrio del fin del mundo. El ayuntamiento actúa como un Jack el Destripador, estrangulando al barrio lentamente al privarle de servicios públicos básicos. Su deseo es clavarle el cuchillo del Plan General de Ordenación y sacarle las entrañas: sus casas terreras, pasajes y ciudadelas.

¿Quién en las generaciones futuras creerá esto?

Yo mismo, escribiendo como testigo, apenas puedo creerlo.

Bartolomé de las Casas, Historia de la destrucción de las Indias.

Desde 1999 el centro histórico de la ciudad de La Laguna sufre una de las transformaciones más profundas y violentas de su historia. Esta transformación se ha acelerado desde 2008 mientras el Ayuntamiento no intenta frenarla. Al contrario, es su principal promotor. ¿En qué consiste tal transformación?

No se trata solamente del exterminio de las viviendas más representativas de la arquitectura doméstica canaria, como las casas terreras y sobradadas. Además continúan las reformas irreversibles de monumentos, como el ex convento de Santo Domingo o la sede de la Real Sociedad Económica. Pero esta transformación tiene dos consecuencias todavía más salvajes: la liquidación del pequeño y mediano comercio local, y la expulsión de residentes del centro histórico.

(12° aniversario – Patrimonio de la Humanidad)

Carta abierta al alcalde de La Laguna

Usted y otros alcaldes de ciudades Patrimonio de la Humanidad acaban de redactar un manifiesto rebelándose contra el “acoso” que sufren por la gestión de sus respectivas ciudades históricas. Piden que no se dude de su “honorabilidad” y que se presenten un “aval y prueba” de las acusaciones. Señor alcalde, yo (como un número creciente de personas e instituciones canarias) dudo de su “honorabilidad” en la gestión del casco histórico lagunero. Y como “aval y prueba” pongo (otra vez) a su disposición mis repetidas denuncias en los medios canarios y nacionales desde 2006, además de un informe que presenté en la oficina de gestión del centro histórico en 2008. Entre mis denuncias, figura la destrucción de los restos de un callejón del siglo XVI en pleno centro en 2008. Si algo tengo, son pruebas.

La situación estratégica de la que ha dispuesto Canarias a lo largo de su historia, y su múltiples posibilidades tras la conquista de América, para potenciar su actividad comercial, se vio frenada, entonces, por el monopolio estatal del comercio americano, impuesto por la Corona, a través de la Casa de Contratación de Sevilla, dibujando un dominio un tanto ficticio y con fisuras; muchas de ellas favorecidas bajo el propio sello real. Dicha geografía privilegiada suscitaba un mar de recelos y desconfianzas desde la propia Sevilla, donde se temía que Canarias se convirtiera en cuna del comercio clandestino y del contrabando; y sus sospechas no estaban del todo desencaminadas. En el caso del comercio con destino Cuba y Puerto Rico, la actividad contrabandistica era algo habitual, comenzando a ser cada vez más frecuente, a pesar de las prohibiciones existentes, aunque autorizadas, indirectamente y en situaciones concretas, por el monarca y las propias autoridades coloniales españolas. La política institucional para evitar, a toda costa, el contrabando, fue una practica casi imposible de borrar en los puertos canarios, debido, entre otros, a la existencia de una serie de factores de gran influencia para la vida de los isleños; hablamos de la situación insular, la lejanía de la Península Ibérica, la presencia extranjera, las necesidades y su situación convergente en las rutas transoceánicas.

Imagínese que, mañana por la mañana, usted se levanta y frente al espejo se descubre una pequeña mancha roja en el cuello. Una semana después la mancha no ha desaparecido y decide acudir al centro médico. El doctor le dice que no se preocupe. Aunque él sólo se limita a examinarle la piel y recetarle una pomada. Un par de días más tarde, la mancha desaparece. Pero debajo de la piel usted siente un bulto. Espera otra semana. El bulto crece y usted vuelve al doctor, quien le dice: “No es nada. Usted siga poniéndose la pomada”. Y como no tiene ninguna mancha en el cuello, a los cinco minutos, el doctor le manda para casa.

Transcurren dos meses y aún sigue untándose la pomada en el cuello. La mancha no ha reaparecido. Pero el bulto sigue creciendo. Al cabo de medio año, a usted se le informa que el bulto es en realidad un agresivo cáncer de cuello. El oncólogo le confiesa que, con suerte, le queda un año de vida y que su cáncer podría haberse parado a tiempo. ¿Qué pensaría usted del doctor que le recetó la pomada quitamanchas?