En estos días al leer noticias relacionadas con el mundo cultural, sugerentes expresiones como: “vacaciones de navidad en los museos”, “museos vivos”, “actividades culturales para todos los públicos”, “unas vacaciones alternativas”; pueden hacernos sentir, a los que nos dedicamos a esto de la reflexión sobre las iniciativas culturales, que más que nunca se hace un esfuerzo desde la instituciones por acercarse a su público.

¿Es ese entusiasmo correspondido? ¿Están más que nunca las instituciones culturales respaldadas por su público? ¿Podemos hablar de que existe una verdadera conexión entre las instituciones que velan por la cultura y su promoción y la sociedad que la crea y le da vida?

¿Podemos hablar de una relación estrecha entre museos-centros culturales y la sociedad? ¿Repercuten, realmente, las iniciativas en la sociedad? Nadie duda de la buena fe e intención principal de las mismas pero: ¿realmente ocurre?

¡¿Y por qué no tendrían que interesarnos?!

Creo que no sería capaz de pensar los museos sin vincularlos a la palabra “cultura”. De hecho, algunos los consideran, en cierta forma, “estandartes” de la cultura1. Es posible que tengan ése aura. Lugares sagrados, lugares de referencia, lugares de estudio etc. Es posible.

¿Pero son también lugares de curiosidad, reflexión, encuentro y discusión?

Si la “cultura” está ligada a los museos en esa relación de “ser símbolo”, ¿de qué tipo de cultura estamos hablando? Incluso yo, que me dedico a este tema, no puedo resistirme al encanto de los museos polvorientos. ¿Ese “polvo” debe ser también parte de su relación con la sociedad?

¿Nos hemos preguntado, alguna vez, de forma profunda qué sentido tiene visitar, mantener, valorar los museos? Más todavía, ¿nos hemos planteado qué concepción de cultura vinculamos a ellos? Pero sobre todo, ¿es fácil responder a estas preguntas?

El recuerdo de su trágica muerte hace casi veinte años aún perturba mi memoria. Murió en soledad y atrapado dentro de su coche tras una violenta colisión. Todavía recuerdo estremecerme al ver en la televisión los metales retorcidos del coche. Sólo después escuché su nombre: César Manrique. Era el 25 de septiembre de 1992.

Han pasado diecinueve años y Canarias sigue luchando contra los mismos demonios que César, en vida, exorcizó de Lanzarote: la especulación inmobiliaria y la degradación medioambiental. Él defendió que el turismo sostenible y el respeto por la naturaleza eran perfectamente compatibles. Sus edificios, complejos y espacios se integran respetuosamente con el entorno natural que les rodea. Tan integrados como lo están decenas de antiguos poblados costeros de Canarias.

Sin embargo hace décadas que son los hoteles y no los poblados los que se han adueñado de nuestras costas. Además, la segunda Ley de Costas, vigente desde 1988 (la primera data de 1969), ha ilegalizado muchos de estos poblados. La Ley los ha transformado, como afirma el antropólogo Fernando Estévez, en «la encarnación misma del Mal territorial».

“Aquí la estación EAJ-43, Radio Club Tenerife, al servicio de España y la causa que acaudilla el general Franco. Vamos a dar lectura del bando de proclamación del Estado de Guerra, que rige para las Islas Canarias desde las cinco horas de la mañana de hoy 18 de julio de 1936”. Así comenzaba la retransmisión del manifiesto escrito por Franco, y firmado por él mismo en Santa Cruz de Tenerife, a las cinco y cuarto horas del día 18 de julio de 1936; palabras que dibujarían un camino que cambiaría, definitivamente, el rumbo de la Historia de España; con tramos, aun hoy, irrecuperables.

Con éstas palabras, se producía la salida de Franco de Tenerife, donde estaba destinado como Comandante General de las islas; suelo que no volvería a pisar hasta su visita en 1950 como Jefe de Estado. De allí se trasladaría a Las Palmas y desde aquí a Marruecos, dejando en Canarias el mando del levantamiento al General Orgaz; el cual ejercería una dura represión en el Archipiélago.

En los últimos tiempos la literatura, el cine y la televisión nos han hecho viajar a mundos de fantasía y aventuras, para hacernos participes de historias de piratas y corsarios; intrépidos habitantes de la mar que se lanzaban a ella en busca de riquezas, tejiendo una larga red de leyendas en todos los mares conocidos. Aventuras, piratas y barcos con nombres propios, famosos ataques y, en definitiva, historias hundidas en el mar que nos llevan a plantear donde está la línea que separa el mundo real del que no lo es, y que otros se han encargado de crear para alimentar nuestra, siempre, insaciable imaginación.