«Monumento a la Internacional» de Pancho Laso

Artículo de Arminda Arteta Viotti

[rescatado de antigua web, publicado el 2 de febrero de 2011]

"Monumento a la Internacional" extraída del “Catálogo de la exposición Pancho Lasso. Retrospectiva (comisariada por Josefina Alix)”, Fundación César Manrique, Lanzarote, 1997.

El “Monumento a la Internacional” es una de las esculturas más geniales y al mismo tiempo desconocidas del arte canario. Su autor, Pancho Lasso, fue el primer escultor nacido en Lanzarote. De extracción social muy humilde, fue capaz, sin embargo, de compaginar su trabajo de barbero con su pasión por la escultura, hecho este último absolutamente insólito debido a la escasa tradición artística de su isla natal. Animado por su cuñado, el fotógrafo francés Aquiles Heitz, se matriculó en la recién inaugurada Escuela de Artes y Oficios de Arrecife y en 1926 el Cabildo Insular le concedió una beca para continuar sus estudios en Madrid.

En sus primeros años de estancia en la capital realizó esculturas a planos de corte neocubista inspiradas en el arte ibérico, pero a finales de la década de 1920 dio el gran salto hacia el surrealismo telúrico de la “Escuela de Vallecas”, de la que él fue parte muy activa, junto a Alberto Sánchez “El panadero”, entre otros. Para estos artistas ─en su mayoría de ideales izquierdistas y muy comprometidos socialmente, al igual que el propio Lasso─ los áridos campos castellanos y los elementos prehistóricos eran motivos de inspiración, de tal manera que recorrían los por entonces deshabitados campos vallecanos en busca de sugerentes motivos vegetales, animales, minerales o fósiles con los que crear obras totalmente novedosas.        

El “Monumento a la Internacional” es una de las esculturas claves de este movimiento. Realizada en yeso patinado y con poco más de 80 cm de altura, representa a una suerte de hombre metamorfoseado en instrumento musical ─su tronco ha sido sustituido por unas cuerdas y de sus muslos emergen clavijas─, que se eleva sobre una esfera en la que apoya firmemente su mano izquierda. La factura es inconfundiblemente vallecana: formas estilizadas que se inspiran en el arte prehistórico, juegos de volúmenes y huecos, las incisiones circulares de la esfera y las de la garganta, y el empleo de alambres. El mensaje, reforzado por el título de la escultura, es desgarrador: el hombre, convertido en música, alza con fuerza su voz entonando el himno de los obreros (La Internacional) en un intento desesperado por que el pueblo oiga su llamada y todos los trabajadores del mundo unan sus fuerzas para luchar contra la explotación y la opresión. La obra fue realizada entre 1933-34, años en los que la Segunda República española se hallaba gobernada por las derechas, que, de nuevo organizadas, trataban de acabar con todas las reformas políticas, sociales y educativas iniciadas por el gobierno de Azaña. Recordemos también que en esos años Hitler ya se había alzado con el poder en Alemania. Ante esta situación, y tratando de evitar que en España se llegase a una situación similar, en octubre de 1934 se convocó una huelga general en las principales ciudades y zonas mineras. El lugar que secundó con mayor fuerza esta iniciativa fue Asturias, en donde sí se había alcanzado el acuerdo de todas las organizaciones obreras bajo el lema “Uníos Hermanos Proletarios”. Podemos pensar que estas trágicas circunstancias históricas llevasen a Lasso a realizar su “Monumento a la Internacional”, como muestra de su apoyo a las clases trabajadoras. Lamentablemente, la huelga asturiana fue finalmente solventada de manera brutal por el ejército africanista, liderado por Franco. Esta revolución de octubre se presentaba, por tanto, como una clara prefiguración de la Guerra Civil, a la que irrevocablemente se llegaría dos años después.

Por temor a la represión franquista, esta escultura permaneció escondida durante muchos años en casa de Pancho Lasso, y su título fue transformado en el menos sospechoso “Monumento a la Música”. El impacto causado por el conflicto bélico fue tan profundo que a partir de entonces nuestro artista se decantaría por un lenguaje realista, que él consideraba más fácilmente asimilable por el pueblo, pero que sin duda restó interés a su obra. Esto, unido a su carácter introvertido, lo sumergió en uno de los más profundos olvidos, quedando su figura eclipsada por la de otros artistas, como Alberto Sánchez primero o César Manrique después. Afortunadamente, y gracias al empeño de la hija del escultor, Rosalía Lasso, esta magnífica pieza hoy forma parte del patrimonio lanzaroteño y puede ser apreciada por todos en el Museo Internacional de Arte Contemporáneo de Arrecife.

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